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Al rescate de las olvidadas

Charo Barrios
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Almudena de Arteaga publica 'La vicerreina criolla', que cuenta la vida de Felicitas de Saint-Maxent, una mujer adelantada a su tiempo

La historiadora madrileña ostenta el título de XX duquesa del Infantado. - Foto: EFE/Javier Cebollada Archivo

El nombre de Almudena de Arteaga equivale, para muchos, a novela histórica. No pocos saben, además, que esta licenciada en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid también se diplomó en Genealogía, Heráldica y Nobiliaria. Incluso algunos tienen noticia de su condición de XX duquesa del Infantado.

Todo ello está condensado en su última novela, La virreina criolla (HarperCollins Ibérica), que ella misma define como «una oda a una mujer prácticamente desconocida que vivió en primera persona cinco grandes acontecimientos en la historia del mundo de finales del siglo XVIII». 

El personaje en cuestión es Felicitas de Saint-Maxent, condesa de Gálvez y virreina de la Nueva España, criolla francesa hija de emigrantes, gobernadora, virreina, viuda prematura y madre de hijos póstumos, intelectual y víctima de un injusto destierro…  Se educó en la prosperidad de una de las familias más poderosas de Nueva Orleans gracias al comercio que transitaba por el Misisipi. Colaboró con su marido, Bernardo de Gálvez, hoy ciudadano honorario de EEUU, en la encomiable ayuda que brindó España a la independencia de Estados Unidos y en la reconquista de la Florida. Llevó la corona del virreinato de la Nueva España y, por último, ya en Europa, sufrió las consecuencias de la Revolución Francesa por la defensa de una incipiente Ilustración. «Como descubrí en su día con otras de mis protagonistas de la talla de la Princesa de Éboli, la Beltraneja o Isabel de Zendal, en Felicitas encontré una vida de una mujer fascinante que englobaba en su interior la de otras muchas de sus contemporáneas», subraya la madrileña. 

 

Evitar anacronismos

Leyendo la aventura vital de Felicitas surge la tentación de hablar de ella en términos actuales y asociarla a un movimiento, el feminista, que entonces no estaba en mente de nadie. De Arteaga pide prudencia, hablar de feminismo en el siglo XVIII sería un anacronismo de esos que intenta evitar al escribir novela histórica: «Lo que sí es cierto es que se involucró en lides que solían estar reservadas a los hombres de su entorno». Además de que, al enviudar, en vez de acomodarse en lo ya conocido, prefirió tentar a la suerte viajando a Europa desde América haciendo el tornaviaje que otras tantas mujeres hacían desde el otro lado del mar en busca de una vida mejor. «Nacida en América, prefirió educar a sus hijos sola en una incipiente Europa ilustrada». 

La tarea de documentación ha sido más fácil de lo esperado porque su protagonista dejó mucho escrito en archivos. Por otro lado, la historia de Bernardo, su marido, es bien conocida y, además, los escritos del profesor Eric Berman le proporcionaron pistas suficientes para seguir indagando en su rastro.  

Insiste la novelista en que ella busca a sus personajes en los rincones no iluminados de la Historia, intenta rescatar del olvido a mujeres casi ahogadas en un injusto ostracismo. Pone el ejemplo de la hoy tan famosa, aunque por causas no literarias, Isabel de Zendal. «Cuando escribí Ángeles custodios, en el 2010, apenas había varios ensayos sobre la expedición Balmis, después otros siguieron mi estela y escribieron otras novelas y, ahora, ¡hasta tiene una película y un hospital con su nombre!». Nada le hace pensar que el destino de Felicitas sea similar, pero... Nunca se sabe. «Si llega a algo parecido, me alegraría mucho».

ARCHIVADO EN: Novela, España