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La alargada sombra de la Covid-19

María Albilla (SPC)-Agencias
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El SARS-CoV-2 no da tregua. Caprichoso y escurridizo, lleva dos años mutando y ya se habla de una nueva variante, Centaurus, que estaría detrás del último pico de contagios con la característica de ser muy transmisible, pero no grave

La alargada sombra de la Covid-19

Si algo hemos aprendido del virus que causa la COVID-19 en dos años largos de pandemia es que es caprichoso y parece estar dispuesto a no dar tregua en su erradicación. Cada vez que parece que está debilitado, resurge extendiendo su sombra e infectado masivamente de nuevo, independientemente de que se haya pasado con anterioridad la enfermedad que genera.

Para sobrevivir a las vacunas, al paracetamol y a las barreras que suponen las mascarillas, el SARS-CoV-2 ha ido mutando, creando un trabalenguas de nomenclaturas que no es fácil de seguir. El primigenio fue el llamado virus de Wuhan, en honor a su procedencia, y su llegada fue la que desató el pánico mundial creando una situación epidémica que no se conocía desde hacía siglos. Aquel dio paso a la variante Delta, no menos grave, pero contra ella llegaron las primeras vacunas y la primera esperanza de normalidad. Pero cuando parecía que se iba a ganar la batalla aterrizó la variante Ómicron BA. 1, cuya llegada supuso todo un bofetón social a finales de 2021, principios de 2022, y la evidencia de que la convivencia con el virus iba para largo. La familia Ómicron ha ido creciendo con las variantes BA. 2, BA. 4 y 5 y, ahora, la BA. 2. 75 a quien algunos han bautizado ya como Centaurus. Por ahora se conoce poco de ella más allá de que sigue la tendencia de sus antecesoras: es muy transmisible, aunque no causa enfermedad grave.

La BA.2.75 fue secuenciada el mes pasado en la India y se halló en 73 muestras hasta el 29 de junio, pero durante el mes pasado creció en ese país hasta suponer el 18 por ciento de contagios. Aunque la mayoría de casos se han analizado en el país asiático, se ha detectado también la subvariante en Alemania, el Reino Unido, Canadá, Nueva Zelanda, Australia y casos importados de la India en Japón.

Y con este panorama de fondo llega un verano en el que hay más ganas que nunca de retomar las vacaciones, las fiestas, los viajes y, en general, la vida a la que estábamos acostumbrados antes de la COVID.

Pero, los datos, pocos actualmente en lo que a incidencia se refiere, son impepinables y estos reflejan un claro ascenso de los contagios. No hay que ser un lince de la estadística para sospechar que si hay, con fecha 5 de julio, una incidencia acumulada a 14 días de 1.135 casos en mayores de 60 años, el único colectivo en el que se registran los positivos, estos han de estar disparadísimos por debajo de esa edad.

Ante el empeño de negar la evidencia y gripalizar este proceso de enfermedad, la ministra de Sanidad, Carolina Darias, evita hablar de una séptima ola, si bien no le quedó más remedio hace unos días que reconocer en una entrevista que se está produciendo un importante incremento de los casos en las últimas semanas. La propia Organización Mundial de la Salud (OMS) asevera que estos han crecido un 30 por ciento en el mundo en las dos últimas semanas.

«Hay una expansión de los sublinajes que son más transmisibles, pero hemos visto que Portugal ha experimentado semanas atrás este mismo crecimiento que no se ha traducido en un incremento la gravedad. En las UCI seguimos con una ocupación estable y aunque ha habido un alza de las hospitalizaciones estamos intentando estudiar las diferencias que hay entre los ingresos por COVID-19 y con COVID-19», argumenta Darias.

En este sentido, la responsable de la cartera de Sanidad recordó que, actualmente, el perfil mayoritario de personas ingresadas por coronavirus son pacientes mayores con patologías crónicas previas, si bien, y a diferencia de otras épocas de la pandemia, no se están derivando hacia las UCI. 

 Así las cosas... ¿habrá que volver a ponerse la mascarilla? Esta se ha convertido en los últimos días en la pregunta del millón. Se ha demostrado que cubrirse la boca y la nariz funciona para frenar la propagación del patógeno, por lo que la lógica se impone en esta situación y cada día se ve a más personas que vuelven a ella de forma preventiva y se la ponen para entrar en el supermercado o para ir a trabajar, pese a que solo es obligatoria en los centros sanitarios, farmacias y en el transporte público.

«Estamos en una expansión del virus pero no está aumentando la gravedad, por lo que es necesario que los ciudadanos adopten decisiones adecuadas sobre el uso de mascarillas, recordando que hace efecto barrera que impide la transmisión del virus. Lo importante es disfrutar de una vida plena pero con prudencia, estamos en un momento de festividades y hay que celebrarlas en base a las recomendaciones sanitarias que están al alcance de todos», aportaba al respecto Carolina Darias.

La cuarta dosis

La ciencia asevera que Ómicron tiene una elevada capacidad de sortear los anticuerpos naturales generados por una infección previa por COVID-19, mientras que las personas vacunadas muestran una resistencia mucho mayor. Así se refleja en un estudio conjunto de la Universidad de Ginebra y el Hospital Universitario de esta misma ciudad, que pone en la pista de lo necesaria que es la labor de concienciación para que la ciudadanía se ponga la tercera dosis de la vacuna.

Y aún sin que la población mayoritariamente se haya puesto ese refuerzo, el futuro más cercano ya apunta a una cuarta dosis. En España ya se administró hace unos meses este pinchazo a los pacientes de riesgo e inmudeprimidos, pero Sanidad no se atreve a dar fechas exactas de cuándo llegará a la población general. Insisten en que se aprobará su uso generalizado en el momento en el que lo aconsejen los expertos y avanzan que, previsiblemente «y con toda la prudencia», podrán estar disponibles en septiembre las vacunas adaptadas a las nuevas variantes.