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La elegancia en el celuloide

Jimena Piazuelo
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El documental 'Audrey Hepburn. Más allá del icono' saca a la luz aspectos inéditos de una de las actrices más queridas de la Historia

La elegancia en el celuloide

Con motivo de la salida en DVD del documental sobre Audrey Hepburn, Más allá del icono, es un buen momento para rendir un pequeño homenaje a la estrella más humanitaria de Hollywood y, también, de la moda.

Audrey Kathleen Ruston nace en Bruselas el 4 de mayo de 1929. Durante su juventud sufrió la Segunda Guerra Mundial, primero en Bélgica y luego en los Países Bajos, de donde era originaria su madre. Para evitar que sus orígenes ingleses se revelaran, su progenitora la llamó Edda van Heemstra, como ella, y la obligó a hablar holandés. Además de ese idioma dominaba el inglés, el francés y el italiano, y se defendía con el alemán y el español.

Fueron años durísimos. Su tío y un primo de su madre fueron fusilados como miembros de la resistencia, su hermano Ian fue capturado y estuvo en un campo de trabajo. Las carencias alimenticias se hicieron patentes y Hepburn sufrió anemia y problemas respiratorios durante toda su vida. Es una paradoja que estos fueran los causantes de su carismática imagen, muy alejada de los cánones de la época.

En 1991, Hepburn reveló en una entrevista: «Tengo recuerdos. Recuerdo estar en la estación de tren viendo cómo se llevaban a los judíos, y recuerdo en particular a un niño con sus padres, muy pálido, muy rubio, usando un abrigo que le quedaba muy grande, entrando en el tren. Yo era una niña observando a un niño».

Hay otro dato poco conocido, y es que fue lectora primeriza del libro de Ana Frank, ya que sentía que habían vivido similitudes por la guerra y las dos nacieron el mismo año. El padre de la infortunada chica, Otto Frank, pidió a Audrey que encarnara a su hija en la pantalla, pero la actriz estaba tan traumatizada con la historia que dijo que no se veía capaz. De hecho, Hepburn afirmó que el drama de Ana era como algo que le hubiera pasado a su hermana, ya que, aseguró, «en cierto sentido, ella fue mi hermana del alma».

Acabada la guerra, tomó clases de ballet en Amsterdam y en 1948 en Londres. Su físico extremadamente delgado y su altura (1,70 metros) jugaron en su contra y lo dejó. Así que decidió seguir con la interpretación. Tras varios pequeños papeles consiguió el de Gigi para un musical en Broadway que le supuso el premio Theatre World Award.

Vacaciones en Roma (1953) fue su primer gran éxito. En un principio se pensó en Elizabeth Taylor, pero una prueba de cámara en la que ella no sabía que le estaban grabando dejó impresionado al director, William Wyler, que dijo: «Tiene todas las cosas que busco: encanto, inocencia y talento. Además, es muy divertida. Es absolutamente encantadora. No dudamos en decir que es nuestra chica».

Luego llegarían Sabrina, Desayuno con diamantes, Guerra y paz, My fair lady... Pero lo que la define es su gran corazón. De hecho, esta fumadora empedernida (tres paquetes diarios) colaboró con Unicef a partir de 1954 y hasta casi sus últimos días (falleció en 1993). Desde 2000 hay una estatua suya en la sede central.