Objetivo: respirar

María albilla (SPC)
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Inhalar y exhalar son actos mecánicos a los que, sin embargo, se debe poner atención para mejorarlos. Hacerlo de una manera más consciente tiene importantes beneficios para la salud, que van desde eliminar los ronquidos a controlar el estrés

Objetivo: respirar

Todos lo hacemos desde el principio de nuestra vida hasta el último suspiro. Sin parar y prácticamente de manera inconsciente... Respirar es vital para mantener la vida, es evidente, pero, además, hay que profundizar en este concepto para, además, respirar bien.

Los actos de inhalar y exhalar no  deberían ser pasivos, respirar de la forma adecuada requiere patrones que se han estudiado a lo largo de la historia y en esto ahonda el periodista estadounidense James Nestor, que asegura que «nunca volverá a respirar igual» si se adentra en Respira. La nueva ciencia de un arte olvidado (Planeta).

Nestor ha pasado una década de su vida investigando sobre este tema, concretamente desde que uno de sus médicos le dijera «te vendrían bien unas clases de respiración». Sus pulmones estaban ajados después de sufrir neumonía recurrente, así como constantes infecciones de las vías respiratorias.  Y ahí arrancó lo que se ha convertido en una peripecia vital que le ha llevado a constatar que no ha sido el único en preocuparse por la técnica de la respiración. Llegó a encontrar referencias del año 400 a. C. que daban detalladas instrucciones de cómo regular la respiración, cómo aguantar el aire y cómo tragarlo en unos libros sobre el taoísmo chino.

La curiosidad de Nestor fue mucho más allá de aquella clase de respiración a la que, en los primeros minutos, no encontraba mucho sentido. Fueron solo esos primeros minutos. Luego «sucedió algo, fue como si me agarraran de un sitio y me llevaran a otra parte. Ocurrió en un instante», relata. Cuando el proceso terminó y se dio cuenta de que estaba empapado en sudor, la profesora le explico  que «cada inhalación nos da energía nueva y cómo cada exhalación libera energía vieja y viciada».

Aquello le abrió la puerta a mucho más. Tanto que se acabó inscribiendo para un estudio pionero «y masoquista» de 20 días en la Universidad de Standford para poner a prueba que la creencia de la vía por la que se respira (nariz o boca) no tiene repercusiones.

Durante el experimento, Nestor obstruyó sus orificios nasales durante el tiempo que duran 250.000 respiraciones completas y empezó a notar cambios en su cuerpo en solo unos días: más ronquidos, más apnea obstructiva durante el sueño, descenso de los niveles de oxígeno en sangre. «Respirar por la boca cambia el cuerpo físico y transforma nuestras vías respiratorias. Todo para mal».

Uno de los primeros pasos para una respiración saludable, resalta el autor, es extender las respiraciones, mover el diafragma arriba y abajo  un poco más y sacar todo el aire de los pulmones antes de tomar otra bocanada.

Incluso forzarse a respirar intensamente por un breve período de tiempo puede tener un importante efecto terapéutico. «Solamente mediante una alteración del cuerpo podemos volver a la normalidad», explica Nelson. De ahí, que respirar  de una forma tan intensa como consciente «nos enseña a ser pilotos de nuestro sistema nervioso autónomo y de nuestro cuerpo, no los pasajeros», explica.

Una mala costumbre

Otra de las conclusiones de Nestor es que, en la actualidad, hay muchas personas que respiran mal, que lo hacen por la boca. Y es un error. Las causas pueden ser muchas, desde una obstrucción crónica al estrés, el aire seco o la alergia, pero el investigador norteamericano concluye que hay, además, una razón evolutiva en esto que va más allá del entorno. «La manera en que respiramos ha empeorado notablemente desde la Revolución Industrial, en gran parte por los alimentos blandos que consumimos. Estos hacen que el proceso de masticación sea insuficiente, lo que ha derivado en el decrecimiento de la parte delantera del cráneo y que, por lo tanto, se sea más propenso a respirar por la boca», concluye.