La importancia de saber decir no

María Jesús Álava (psicóloga)
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La negativa es un derecho asertivo necesario en muchas ocasiones para manifestar de forma clara posiciones de acuerdo o desacuerdo

La importancia de saber decir no - Foto: PeopleImages

Los psicólogos sabemos que gran parte del sufrimiento de millones de personas tiene su origen en la dificultad que experimentan para decir no ante las peticiones de los demás. 
Muchos niños, adolescentes, jóvenes y adultos lo pasan mal cada vez que tienen que dar una negativa, se sienten incapaces de hacerlo y, muy a su pesar, terminan diciendo «sí».
Con frecuencia necesitamos decir «no» para defender aquello que queremos o para manifestar de forma clara nuestras opciones. En la situación actual de pandemia, muchos jóvenes y adolescentes dicen que NO se ponen la mascarilla para no parecer pringados, y que se sienten incapaces de decir no a las consignas de sus amigos, y para ellos su aprobación es crucial.
Cuando de forma racional decimos no y lo mantenemos, ganamos en seguridad y autoestima personal.

 

¿Tenemos derecho a decir NO, o es un acto de egoísmo?
Decir no es un derecho asertivo (de autoafirmación). Una negativa para los demás, suele significar un sí para nosotros. En muchas ocasiones es la forma de defender nuestras posturas. 
Por otra parte, también tenemos derecho a ser nosotros mismos, a cambiar de opinión, a decir no lo sé…, y ello no significa que seamos personas inseguras o que tengamos poca formación.

 

¿Cómo decir no? ¿Hay diferentes formas? ¿Es todo un arte?
El secreto estará en saber decirlo en el momento apropiado, de la forma correcta y con la habilidad suficiente como para que el otro entienda perfectamente nuestro mensaje, y además nos vea tan seguros y convencidos, que no insista más.
Pero también podemos expresar negación a través de la comunicación no verbal, por medio del contacto físico, utilizando el silencio arrastrado, la sonrisa mantenida… En definitiva, podemos decirlo con nuestra mirada, con nuestros gestos, nuestros silencios, nuestros ademanes, nuestros ojos… Incluso podemos decir no con nuestra espalda, con nuestra falta de contacto ocular, nuestra muda contestación, nuestro elocuente desinterés…

 

¿Existe una negativa que pueda ser más dolorosa que otras?
Hay un «no» tremendamente doloroso. Es uno que se nos clava internamente, que nos persigue sin descanso, que mina nuestra moral y arruina nuestra autoestima: Es el no que no hemos sido capaces de decir. Ese monosílabo que se ha quedado ahogado dentro de nosotros; que se ha sentido herido por nuestra inseguridad y mutilado por nuestra falta de esperanza. Es un no terrible, porque es el «no» que no hemos dicho.

 

¿Hay gente que abusa del no?
Sí, hay gente que lo hace y entonces este se degrada y pierde su significado. Encontraremos muchos ejemplos: el padre que constantemente dice «no» a sus hijos, el jefe que siempre dice «no» ante cualquier sugerencia…
Si no aprendemos a dosificar nuestros noes y los repetimos con demasiada frecuencia, perderán fuerza y entonces se pueden volver  en nuestra contra. 

 

¿Cuándo hemos alcanzado nuestro objetivo y estamos seguros de saber decir «no»?
Cuando nos suponga el mismo esfuerzo decir «no», que decir «sí». En ese momento podremos pensar que hemos alcanzado un buen equilibrio, pero incluso entonces ¡no nos relajemos! Si lo hacemos, al cabo de un tiempo podemos descubrir que de nuevo nos cuesta decir lo contrario. 
Recordemos que cuando algo se ha instaurado durante muchos años, necesitaremos bastante tiempo de práctica intensiva, para conseguir que ese automatismo pierda fuerza y deje paso a costumbres más sanas y saludables. Si no tomamos esas medidas de precaución, nuestra ingenuidad nos costará más de un disgusto.    
Cuando nos neguemos a algo sin sentirnos culpables, con naturalidad y determinación, habremos conseguido que esa negativa a los demás, sea un sí con mayúsculas para nosotros.