Biutiful nius: Las otras noticias de la semana

Sofía Esteban
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Biutiful nius: Las otras noticias de la semana

Un gin para salvar a la Reina

Los cuatro meses de confinamiento que ha vivido Isabel II en el castillo de Windsor junto a su esposo, el duque de Edimburgo, han pasado factura a la Corona británica. La cuenta asciende a más de 60 millones de libras que podría haber dejado de ganar por las visitas canceladas de turistas a sus residencias y la venta de imanes, tazas o cabinas telefónicas rojas que la mayoría tenemos en casa. Pero, lejos de sentarse a esperar a que pase la tormenta en forma de pandemia, la soberana ha encontrado una posible solución para llenar las arcas del Estado, lanzarse a fabricar uno de los productos que mejor conoce, paladea y disfruta: la ginebra. La afición de la familia por esta bebida espirituosa es legendaria. Las malas lenguas le atribuyen el secreto de la longevidad de la reina madre, que vivió la friolera de 101 años conservada en alcohol. Y la hija parece que no le va a la zaga. Con 94 recién cumplidos y una salud de hierro, la monarca sacará a la venta el 30 de agosto su propio licor de reyes realizado con extractos botánicos recogidos en los jardines del Palacio de Buckingham. Limón, verbena, bayas de espino, hojas de morera y algún ingrediente mágico que podría contener el elixir de la eterna juventud de sus majestades. Es un secreto a voces, desvelado en 2017 por su antiguo cocinero, que Isabel II disfruta de al menos cuatro lingotazos al día: una ginebra con dos partes de Dubonnet, varios cubitos hielo y una rodaja de limón por la mañana, un vino en el almuerzo, un martini seco al atardecer y una copita de champán por la noche, que ayudan a hacer realidad aquello de Larga vida a la Reina.

 

Un cura con duende y capote
El párroco del pueblo cacereño de Aliseda ha armado el taco. Cansado de ver los toros desde la barrera, Luis Fernando, Valiente no solo de apellido, se puso el cielo por montera hace unos días y se lanzó a la plaza de la mítica ganadería de Pablo Romero con su traje de faena: la sotana. Aficionado desde siempre a la fiesta, al cura no le hicieron falta estoques, coleta o taleguilla para cambiar de tercio y tomar la alternativa. No sabemos si el sacerdote es más de manoletinas que de naturales o si se atrevió con el famoso salto de la rana, pero hemos constatado, por una imagen que ha dado más de una vuelta al ruedo,  que la faena fue digna de su salida a hombros. En corto y por derecho, Luis Fernando ha regresado ya a sus eucaristías con las iglesias a media bandera. Es improbable que el coro haya cambiado el Alabaré por los pasodobles, pero seguro que algún feligrés se ha animado a gritarle un ole, aunque sea en secreto de confesión. 


ERTE en el gallinero
Las personas no humanas, conocidas también por el sobrenombre de gallinas, cerdos, cabras y demás habitantes de granjas y establos, están a punto de perder a sus defensores más sui géneris. El colectivo Santuario Animal Almas Veganas se ve abocado al cierre por su grave situación económica un año después de saborear una efímera fama. Por el nombre igual no lo recuerdan, pero si les digo que el grupo es aquel que el verano pasado se montó una peli de Berlanga acusando a los gallos de violar con total impunidad a sus compañeras de redil y denunció la esclavitud de los huevos, seguro que ya les va sonando. Entre las actrices protagonistas también están las vacas, oprimidas, explotadas y separadas de sus hijos, con cada litro de leche haciendo el papel de bebé robado y las cañas de pescar como armas de matar del sistema anticapitalista y opresor. De los nueve directores que impulsaron el proyecto hace tres años ya solo quedan dos, Rans y Fanny, quien curiosamente trabajó tiempo atrás en un despiece cárnico. Ahora, solas y asediadas por las deudas, han lanzado una campaña de crowdfunding para intentar salvar el rancho de sus desvelos. Objetivo: 50.000 euros, de los que un mes después apenas han recaudado 2.000. Exiguo presupuesto para mantener en pie este elogio al disparate.


Sin café en el teletrabajo
La hora del café corre peligro de extinción. El coronavirus está a punto de llevarse por delante, también, la peregrinación de media mañana (o media tarde) de los trabajadores a la máquina de bebidas entre tarea y tarea. Desde que los geles hidroalcohólicos se han convertido en la nueva droga masiva, el consumo de esta bebida está en su nivel más bajo en casi una década. Al cierre de bares y restaurantes durante el estado de alarma se ha unido un teletrabajo que ha desterrado la pausa en la que despellejar al jefe de turno o comentar qué guapo ha venido hoy Paco a la oficina. Y todo a pesar del bulo que no ha parado de circular por los grupos de Whatsapp en el que se asegura que en los hospitales de China se sirve café tres veces al día a los positivos porque ayuda a curar la COVID-19. Tan creíble como que la pandemia está causada por el 5G, que las pistolas para medir la temperatura corporal matan las neuronas o que hacer gárgaras con agua tibia y sal previene de la infección.


Bajo el agua de la Toscana
Esta es una historia. Pero de las de no ficción. Hace algunos años, concretamente en 1946, el pueblo italiano de Fabbriche di Careggine fue sumergido bajo 34 millones de metros cúbicos de agua para construir el lago de Vagli, un embalse artificial explotado para su uso hidroeléctrico, que periódicamente es vaciado para deleite de propios y extraños. La última vez que se pudo ver cómo emergían sus 34 casas medievales de piedra, la iglesia y el cementerio fue en 1994. La aldea prepara un nuevo baile para 2021 en el que caballeros y damiselas regresarán de nuevo de las profundidades para danzar por unas horas con las enaguas tendidas al sol.