Un mañana incierto en Haití

EFE
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El terror que infunden las violentas bandas, sumado a la dimisión de Ariel Henry, acerca al abismo a una sociedad débil y desamparada

La pobreza y el hambre inundan las calles de Puerto Príncipe, que tornan a inseguras día y noche - Foto: Ralph Tedy Erol

La vida ha dado un vuelco de 180 grados en Haití, donde ya nada es como antes. Si la situación ya era caótica desde que el primer ministro, Ariel Henry, se comprometiera el 28 de febrero a celebrar elecciones para 2025, la dimisión del 'premier' este pasado martes ha sumido en una mayor incertidumbre a toda la nación, a la espera de establecerse un consejo de transición que nombre un mandatario interino.

Con las bandas sembrando el terror durante día y noche, las relaciones sociales se derrumban y domina la desconfianza con más de 360.000 desplazados internos por la violencia. «Mi vida ha cambiado mucho, es muy complicado vivir tranquilo y sin miedo», declaró el fotógrafo Johnson Sabin. Este profesional se queja de que ya no puede hacer su trabajo como antes ni divertirse al hacer sus capturas en distintos puntos del país.

Haití es un país históricamente inestable. A esta situación le preceden otras tragedias como terremotos, accidentes aéreos o el asesinato de un presidente en su propia residencia. Y es que en las carreteras, los jóvenes pandilleros que deberían estar en la escuela sustituyen a la policía.

La policía es escasa y los ataques armados son frecuentes La policía es escasa y los ataques armados son frecuentes - Foto: Ralph Tedy ErolEl trazado de Puerto Príncipe ha cambiado. Las zonas sin ley se multiplican. Algunos barrios han quedado completamente abandonados a las bandas, que controlan el 80 por ciento de la capital, obligando a la población a restringir sus movimientos. Ante el aumento de la inseguridad, todos esperan su turno. Es decir, cuándo les tocará ser víctimas de secuestros, robos, violaciones o ataques armados.

Con el estado de emergencia impuesto, desapareció la vida nocturna. Al caer la noche, las calles están vacías y los comerciantes abandonan rápidamente las aceras, que se han transformado en un mercado público donde la basura y la suciedad se codean con la mercancía.

La música, incluido el rap que solía apasionar a los jóvenes, pierde el sentido. Rara vez se ve jugar al fútbol o al baloncesto en las zonas donde antes estos deportes eran populares. Ni rastro tampoco de los vendedores de comida ambulantes que solían instalarse hasta altas horas de la madrugada envueltos en un ambiente festivo.

Muchos optan por emigrar a EEUU, Canadá o Francia.Muchos optan por emigrar a EEUU, Canadá o Francia. - Foto: Ralph Tedy ErolSin protección

Los territorios perdidos y controlados por las bandas se multiplican. Zonas antaño consideradas seguras se convierten en epicentros de la violencia, provocando la huida de civiles abandonados a su suerte. Es más fácil morir por una bala perdida que encontrar trabajo en un país asolado por el desempleo.

En la capital, las bandas son la ley. Sustituyen al Estado. La policía carece de medios y no hay voluntad para resolver la situación. La esperanza abandona a Haití, empujando a muchos a tratar de emigrar a otros países como Estados Unidos, Canadá, Francia, México, Nicaragua y la República Dominicana. Se han marchado muchos trabajadores: médicos, enfermeros, abogados y directivos de instituciones públicas y privadas.

Algunos haitianos se dan por vencidos, a la espera de ser confirmados en el programa humanitario parole, que ofrece residencia temporal en Estados Unidos.

Otros, impacientes, prefieren ir a esperar su confirmación a la República Dominicana, aunque también hay quienes atraviesan México en sus intentos de llegar a suelo estadounidense.

Pero hay muchos que esperan recuperar su vida previa y volver a moverse por el país sin preocupaciones. Los aún residentes se entregan al Pa gen Kanaran san dezè (No hay Canaán sin desierto), una expresión que repite esta sociedad de creencias mágico religiosas.